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Ella prefiere la noche

  A mi sobrina Thony: regalo de su 47 cumpleaños, o una justificación a su conducta. Nunca se despierta a las ocho de la mañana y jamás se levanta antes de las doce del mediodía. También es justo decir que se acuesta pasadas las tres de la madrugada. Para ella hay algo de mágico asombro en la noche y siempre encuentra argumentos que justifican su desvelo. El más común es la obligación de realizar una acción impostergable y absolutamente necesaria que ella y únicamente ella debe atender a estas desacostumbradas horas para el común: esperar a que llegue el agua por ejemplo. Contemplar el incandescente brillo de las luciérnagas, o salir disparada al encuentro del grupo de sonámbulos intensos, que de noche deambulan por los lugares de moda en esta ciudad de universitarios, con la descarada intención de convertirse en piezas de inspiración nocturna. Ella quiere ser parte del brillo de los flashes, convertirse en esa imagen de la noche que se hace viral y permanece en el recuerdo. Necesi...

El jugador

  A mi hija Marilyn: para que tenga una imagen de su bisabuelo Aeropagita  La primera vez que jugó perdió. La imagen regresa implacable y se asoma con frecuencia al espejo de sus días y con crueldad le muestra la única consecuencia posible de mantener su vida asociada a los giros de la fortuna, aun así, jugar se ha convertido en un impulso imposible de contener. Jugar es entrar en un torbellino de ansiedad con múltiples posibilidades. El triunfo y el fracaso repartidos en un mazo de cuarenta y ocho cartas. El cielo y el infierno a la vuelta de una ronda.  El corazón se acelera. Un río se desborda y revienta las venas. El rostro permanece impasible, sin una mueca. Los ojos sin un destello miran los ases, firme la mano, con pasmosa calma empuja las fichas al centro de la mesa, echa el resto para culminar la apuesta y espera con la baraja cerrada la respuesta.     Perder es caer en la fisura de un abismo, cruzar la esquina de  una calle interminable ...

El inútil acto de olvidar

  El recuerdo se cuela por una estrecha fisura de la memoria, permanece oculto en las esquinas de la nostalgia y aguarda con calma el segundo exacto, el momento justo para saltar por  encima de las sombras y convertirse en el destello que ilumina el lado oscuro del espejo y muele con dientes afilados mi propia imagen. He tratado de borrar ese recuerdo, pero logra evadir cada uno de mis intentos y fracaso. Terco y persistente, el recuerdo burla mi empeño de mantenerlo detrás de los últimos sucesos. Pruebo esconderlo en la incesante actividad de actos inútiles, en un eterno boxeo de sombras que promuevo con alardes de intensidad, pero  no lo consigo. Logro con la ficción de triunfos efímeros alejar por momentos esa evocación, frenar sus permanentes acometidas, obstaculizar sus apariciones imprevistas con la firmeza de decisiones impostergables. Todas son argucias para mantener el recuerdo en una custodiada encrucijada, ya que me resulta imposible borrarlo, mucho menos hacer...

Carta a mi estilográfica

  A veces me pierdo en las sorpresas del odio. En el atroz desenlace de la injusticia. En la tiranía de las armas. Cien nombres ausentes me arrinconan en el dolor ajeno, y entonces escribo cartas, cartas como esta, en un intento desesperado por encontrarme, por reconciliarme con la vida. Querida estilográfica: desde el momento en que el destino nos cruzó colgabas de mi corazón con el orgullo de poseerte. Atormentado en la búsqueda de las palabras, de sus diversos significados, de sus múltiples equivalencias, de la sonora repetición de su voz plural que intenta evadirme y se esconde en oscuros recovecos de mi memoria, yo aferraba mis dedos a tu cintura y te obligaba a correr a un ritmo exasperante. Con el mayor de los entusiasmos me seguías, los dos, en sincronía con lo aprendido ejecutamos sobre tenues líneas azules un acto mágico, y mi imprecisa caligrafía quedaba grabada en los blancos milímetros permitidos. Al final de la página, rozando el flanco derecho, en el borde mismo, con...

Los regalos del abuelo

  El abuelo, mi abuelo, es un incansable viajero, ya lo era antes de morir la abuela que lo acompañó y complació en esa necesidad de cruzar las fronteras. Ahora que está solo pasa más tiempo ausente que con nosotros. Sus destinos son impredecibles. Siempre hay un sitio incierto por conocer, un pueblo célebre por visitar, una oportunidad, un motivo para viajar. Esa decisión de visitar un lugar en cualquier parte del mundo depende de impulsos desconocidos, incluso para él. Algo en su cabeza despierta una curiosidad más fuerte que él mismo y entonces inicia una investigación y cuando finalmente parte a su destino hace rato que su pensamiento está allí.   Se puede ver claramente un brillo especial en sus ojos, el abuelo deja de mirar lo que tiene enfrente para mirar detrás de las paredes, comienza a vivir el viaje, le cambia el rostro, el carácter y se le agudiza la sordera.   No deja nada al azar, no hay improvisación en sus viajes, todo está planificado casi al detalle,...

En referencia a un discurso

  Como todos los días despertó de mal humor, comprobó que amaneció con servicio de agua y electricidad, pero ni siquiera eso cambió su mal genio, en un país que gira a la buena de Dios y escasean los derechos, ni siquiera esa buena señal le cambió el ánimo. Siente la boca amarga y seca, el efecto del malestar general del alcohol licuando la sangre es letal, los pulmones son piedras porosas  de humo y nicotina y en esas condiciones el ánimo es de perro apaleado. Como cada mañana repite los mismos movimientos con la constancia que obliga la rutina. Bebe directamente del chorro de agua del lavamanos, se cepilla los dientes y no logra quitarse el mal aliento, se afeita, recorta el bigote con la precisión y exactitud que le permite la costumbre, se queda un siglo bajo el agua caliente perdido entre los recuerdos que se evaporan sin poder retenerlos. Se viste con ropa limpia y sobrado desgano. Trata de recomponer alguna idea sin conseguirlo, y una vez más opta por repetir los movimi...

Preámbulo para un poema

  A ustedes. A todos ustedes Reviso manuscritos de mi padre que el tiempo desvanece  entre fotografías gastadas y me señalan todos los hombres que fui y que soy bajo el amparo de mi nombre. Mi padre me mira desde el blanco y negro del registro fotográfico, desde sus diferentes edades, desde su inconfundible bigote que yo recuerdo manchado de nicotina. Manuscritos atascados en el tiempo que yo dejé reposar en esa gaveta de olvidos entre la memoria amarilla y mis múltiples mudanzas. Papeles escritos en tinta azul con característicos trazos de estilográfica y la caligrafía de quien lleva prisa para no olvidar el ritmo que le dictan las palabras. El polvo del tiempo acumulado y el temblor de su mano apresurada convierten la lectura en un acto de adivinación. Mis  hermanos y yo mismo los hemos manoseado muchas veces, muy pocos están fechados, mi padre no escribía para la posteridad, ni tampoco utilizaba método alguno para imprimir sentido y tono a la imagen creada -carecía de ...