Para conmemorar el día de la juventud Por aquellos días Arturo Contreras ya se perfilaba distinto a nosotros, pero no podíamos notarlo, tocábamos el cielo con las manos y todos nos sentíamos peculiares. Las horas no regían nuestro destino, desconocíamos, tanto el peso de la rutina como las obligaciones. Éramos libres y dueños de las calles. En aquellas tardes el eco de nuestros pasos resonaba en las esquinas a toda hora. Un tropel de risas y gritos escandalizaba a los vecinos; la suma de nuestras voces era una bulla llena de matices. Pequeños detalles nos diferenciaban. Por extraño que parezca, esos rasgos apenas percibidos servían de cohesión, le otorgaban carácter a un grupo sin líder que daba tumbos hacia adelante con la mirada puesta en el mañana. Arturo y yo participábamos con entusiasmo en todos los juegos, en las innumerables iniciativas y travesuras del grupo, sin demostrar grandes destrezas; carecíamos de ellas. Ambos éramos discretos y tímidos. Quizás ese detalle nos co...