Encuentro afortunado CC
Carlos Castaño frecuenta a diario y en horas de la noche un bar. La rutina se hace costumbre y la cita se convierte en compromiso impostergable. Para cumplir con ese deber impuesto, recorre con pasos premeditados cuatro calles, que conoce de memoria y separan su casa del bar. La Espuma Derramada es el nombre del bar y allí las horas se contabilizan en botellas de güisqui, que beben a discreción quienes, como Castaño, pertenecen a la Cofradía de las Letras Mojadas. Algunos son artistas, otros fotógrafos, también concurren escritores, periodistas, intelectuales y uno que otro opinador de oficio. Desde hace unos días, un muchacho de apenas veinte años deambula por las calles que Castaño recorre para cumplir su cita. El joven parece perdido y expone con crudeza un desamparo indigno. No pide ni acepta limosnas, pero camina sin detenerse por las mismas calles desde la mañana hasta la noche. No le hace daño a nadie, pero poco o nada se sabe de su destino. A diferencia de otros días, hoy...