Una aproximación torpe

  

Es única la fórmula de la mujer.

La química de su materia,

la sustancia de Dios.


Es inutil el esfuerzo

de mis humildes adjetivos

para describir la profundidad

de ese universo que gira 

en el misterio.


Yo estudio a la mujer

desde mi ignorancia,

desde el  ángulo obtuso

que me fue otorgado

con el don de ser hombre.


Yo la observo con asombro

desde la orilla,

desde mis límites.


Me es imposible llegar al fondo

con tan pocas herramientas.


Me faltan precisiones.


Es incesante la acción

de ser mujer:

construye lazos,

cose afectos,

une nuestros retazos

con sencillas palabras,

con gestos únicos, 

que quedan para siempre 

grabados en la memoria.

 

Una mujer se múltiplica

intuye signos de alerta,

los anticipa,

la protege el instinto superior 

que la acompaña

y enfrenta sola, 

su circunstancia. 


Una mujer toma decisiones

en silencio

mientras corta cebollas,

o se mira en el espejo

y ejecuta sus decisiones 

con singular temeridad.


El tiempo de una mujer

se bifurca en los hijos,

respira con ellos 

en cada instante 

y dibuja sus mañanas

de horizontes infinitos.


Hijos convertidos en campos 

en donde la constancia

siembra esperanza. 


Una mujer no tiene descanso en el reposo.


Ser mujer es vivir en vigilia permanente

y  avanzar contra el viento

con los ojos abiertos.


Los sueños de una mujer permanecen  intactos.


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