En esa frontera imprecisa, en esa línea imaginaria entre Los Palos Grandes y Altamira, hay un lugar insólito, es un local sencillo y sin lujos, levantado con esfuerzo por una familia portuguesa, sin grandes pretensiones, jamás han querido ser un café francés, aunque su especialidad son los croissants. Este singular café es un punto discreto rodeado de ostentación y ambicioso alarde, que pasa desapercibido por quienes desconocen su fama, camuflado en la sobriedad de una de sus calles poco transitada. Son muchos los que afirman que en este café, del que me permito ocultar su nombre, se hornean los mejores croissants de la capital y desde diferentes lugares de esta ciudad, que crece sin control ni sosiego, llegan insaciables los clientes, que hacen cualquier esfuerzo para obtener un bocado de gloria de sus encendidos hornos. La fama de este café se extendió de boca en boca, alguien corrió la voz, otro repitió el entusiasmo y poco a poco, como las capas de los deliciosos croiss...